Nací en Quito, pero la vida me regaló la posibilidad de crecer alimentada por las tradiciones de Cuenca de donde son mis padres y enriquecida por la sabiduría milenaria de los indígenas, una de cuyas maravillosas mujeres, la Mama María, me enseñó a entender la razón de sus necesidades, compartir sus sueños de futuro y hacer con ellos causa común para luchar por sus derechos.

De ninguna manera como pionera, simplemente como aliada en semejante reto.

Así, con ese arco iris de culturas decidí estudiar Sociología y Comunicación y esta última me atrapó. La posibilidad no sólo de transmitir los hechos noticiosos, sino también los sueños, los colores y la palabra desde la dignidad de los indígenas, hizo que durante algunos años me dedique por entero a trabajar en la realización y dirección del video antropológico; sin embargo las pocas posibilidades que los realizadores tenemos en una sociedad mercantilizada, me llevó a otro ámbito: el de la comunicación para el desarrollo dentro de diferentes agencias de Naciones Unidas. Allí conocí de cerca las propuestas, las ganas de cambiar el mundo de las mujeres organizadas, de los adolescentes, de las organizaciones indígenas.

Pero como la vida es circular, nuevamente llegué al inicio y hoy estoy vinculada otra vez al periodismo. Desde el sueño compartido con otros compañeros, por construir espacios autónomos como ALTERCOM, pasé a ser parte de uno de los retos más importantes de los comunicadores latinoamericanos, la cadena multiestatal TELESUR, teniendo al Sur como nuestro norte, forjando la integración latinoamericana desde el espacio de la corresponsalía en Ecuador, pues estoy totalmente convencida que ha llegado la hora de la liberación de nuestro continente, de la india y la mestiza, de la multicolor y hermosa América Latina.

Recorrer esos caminos, con altos y bajos, ha sido mi vida. Simple y sencilla, como la vida de la mayoría de mujeres ecuatorianas, alimentada por la maravillosa magia de la maternidad, con tres hijos que tienen ya su ruta casi trazada y con dos nietos que me reencuentran con la esperanza, pero más que nada, que me señalan que la lucha sigue; que junto a los otros niños y niñas esperan por un país de todos, por una escuela amable y sabia y por una vida digna que les permita ser felices.

Por ellos, por mi madre que se despide de la vida sin amparo del Estado, porque hasta ahora los viejos son simples cifras desechables, es que estoy aquí, atreviéndome a pensar que podemos cambiar el país, en una gran minga donde la dignidad y la soberanía, el respeto y la democracia, el entendimiento y la aceptación de la diversidad, sean los principios con los que cobijemos a esta nuestra nueva Patria.