(tomado de El telegrafo 20-07-08)

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Elogiado por el Gobierno y criticado por la oposición, el ex alcalde de Cuenca dirigió el tramo más difícil y cuestionado del proceso Constituyente.

¿Todavía sueña con ser una calavera joven y hermosa?
Sonríe el ‘Corcho’ Cordero. Sonríe brevemente y dice, con voz pausada: “Éramos parte de ese grupo universal de jóvenes inconformes con lo que hacían los más viejos. Pero, finalmente, uno entiende que el mal manejo de la sociedad no es un asunto generacional, sino de poder y de intereses.

Poder. Hace casi cuarenta años, en su ciudad natal, el hoy presidente de la Asamblea Nacional Constituyente era un joven que sentía, junto a amigos con quienes no se volvió a ver casi nunca más (“no los veo añooos de años”), la influencia del mítico ‘Mayo francés’. Aquella brisa renovadora que prohibía prohibir y que puso en jaque, por pocas jornadas, al poder normando.

Era principios de los ‘70, y los que en ese entonces querían “vivir intensamente y morir jóvenes” (por eso lo de ‘calaveras guapas’) sentían aún los vientos de aquella primavera del ‘68 en la ciudad de Montmartre y Saint-Denis.

Eran tiempos de humo, todo compartido y alcohol. Bajo los adoquines, de París o de Cuenca, también crecía la hierba, y en sus cafetines Jacques Brel, Bob Dylan o Joan Baez ponían el fondo musical de tertulias donde el mundo se arreglaba en dos patadas: a punta de panfletos, sueños y alcohol.

Hoy no queda nada de aquel París; lejos queda Jean Paul Sartre, y aquel guerrillero heroico que materializaba los perdidos sueños de toda una gene-ración, ha sido reducido a un souvenir que en buena hora se murió en Bolivia. Calavera hermosa.

Hoy ya no hay humo, ni amores compartidos, ni alcohol. Pero Cordero no muda lo que considera esencial: “uno debe vivir como si mañana fuera a morirse. Y estudiar como si fuera a vivir cien años. Vivir intensamente. No dejar de hacer nada. No medir las consecuencias”.

Hoy, en un cerro de postal y una infraestructura desmontable, el hombre que soñaba con morirse bien y pronto, joven y guapo, tal vez para que las fotos del recuerdo no develen arrugas ni malas señas, es un cincuentón canoso y excedido de peso, a dieta rigurosa no por vanidad sino por obligación, y que ya no sueña con castillos en el aire. Ni aunque sean los de París.

Pragmático, “más frío que un iceberg” como dice un compañero suyo asambleísta, y tan imperturbable como la efigie de Eloy Alfaro que en este mismo rato lo mira, Fernando Cordero (Santa Ana de los Cuatro Ríos de Cuenca, 1952) “es el principal responsable”, según Acuerdo PAIS, de salvar el último tramo de la Constituyente.

Y si el ahora discurso del movimiento gobiernista es cierto (se perdieron se-manas en mesas itinerantes, y discusiones bizantinas les pasaron la factura del tiempo inexorable para concluir con la Constitución), entonces Fernando Cordero resultó el testigo fiel que el presidente Rafael Correa necesitaba para correr, literalmente, en la recta final de la Asamblea.

Inflexible, autoritario según varios opositores, pero al final del día eficaz, Cordero fue el salvavidas gubernamental para que las huestes de Acuerdo PAIS no se queden en Montecristi “ni un día más” de lo ordenado por el pueblo. Aunque eso diera como resultado una Carta Política que la oposición -y algunos asambleístas de Gobierno, en voz baja- califican de “impasable”, y no solo por la falta de tiempo para discutir a fondos temas que ellos llaman “trascendentes”.

Cordero se defiende, pero hace autocrítica. Planificador como se define (“yo soy un técnico: yo planifico. Yo mido los procesos, soy profesor de Planificación”), reconoce que falló la medición. Y pese a la frialdad que le endilgan algunos, vive casi con euforia las ho-ras previas al cierre (previsto para la madrugada del viernes, aunque al final fue la mañana de ayer, exactamente a las 08:15) de un proceso que lo tiene extenuado pero satisfecho.

¿Usted planificó también de algún modo este momento de acuerdos in extremis?
No. Yo planifiqué al principio con Alberto Acosta. Planificar es mucho más sencillo que ejecutar.

¿Planificaron mal o qué? ¿No le parece que usaron mal el tiempo?
Es verdad. Pero ¿dónde estaba el e-rror del tiempo mal usado? En aceptar que gastáramos dos horas al día pi-diendo que se cambie el orden del día. ¡Media sesión de aprobación de textos en una discusión así! Cuando hicimos el primer cronograma con Alberto, era cierto que terminábamos el 24 de mayo.

Golpes de pecho. Cuénteme en serio qué pasó…
Se lo voy a decir con mayúsculas: LOS GRANDES INCUMPLIDOS FUIMOS LOS ASAMBLEISTAS. Culpar a Alberto es injusto. No le dimos los insumos.

¿Acaso él no tenía la autoridad? Debió darse cuenta de las maniobras de la oposición…
¡Pero no tenía los insumos! ¡Yo le digo la verdad! No una, cientos de cartas enviamos para que se pongan al día, entreguen los textos, se cumpla con lo planificado.

¿Y entonces?
Hubo demasiada tolerancia. Estaban los presidentes y las presidentas encantadas con la participación ciudadana, que era absolutamente buscada por nosotros, pero que debía tener sus tiempos medidos…

Se hicieron mal cosas porque…
Yo no creo eso. Lo que ocurre es que una Asamblea tan participativa como la que se diseñó era incompatible, desde el comienzo, con el tiempo. Una Asamblea participativa no debería tener un tiempo de cierre.

Que eso es democracia, dice. Que habría sido mejor tener un tiempo de discusión mayor. Yo soy un demócrata, reitera. Y cuenta que la convicción se la debe a sus padres, “aunque no hacían política activa”. ¿Política partidista? No, política de valores, a la que define como la política de la coherencia: “jamás mientas, jamás prometas lo que no vas a cumplir”.

Y por eso recuerda con especial afecto la primera entrevista que le hicieron cuando se lanzó a la arena política. Dijo, entonces, lo que en realidad pensaba, aunque las encuestas le eran tan desfavorables (apenas 2% de intención de voto, para la Alcaldía de su ciudad). “Voy a cogobernar con la comunidad”, dijo aquella vez. Sus críticos se burlaron.

Puso como ejemplo los presupuestos compartidos, concepto que lo había aprendido en Brasil, cuando estaba en uno de sus posgrados; esa práctica del federalismo brasileño le parecía aplicable para Cuenca, pese a la dureza de las críticas recibidas. Al final, ganó. Y no olvidó la promesa de cogobernar.

Leonardo Cordero y Beatriz Cueva, sus padres, le enseñaron eso, en la conservadora Cuenca. Le dijeron que prometer es sagrado: se cumple, y sin excepciones.

Con valores así, dice, aprendió a crecer. Y también con las enseñanzas de un político al que considera un extraordinario filósofo, uno al que llena de elogios: Mao Tse Tung, el líder de la Revolución Cultural China, responsable, según sus partidarios, de hacer realidad lo que él mismo definió: “no pude hacer todo pero logré algo importante: que China pase de la miseria a la pobreza”.

Como Mao, tiene una religiosidad mínima. Se califica de agnóstico. pero no es gracias al líder comunista que tiene muchas dudas: es gracias a otro referente ineludible de su formación y sus valores. Murió hace mucho, recuerda con tristeza, “pero no dejo de pensar en sus enseñanzas, lo tengo siempre en el recuerdo”. Era su profesor de literatura, Alfonso Carrasco. Él fue el culpable de su agnosticismo porque, junto con varias lecturas recomendadas, le obligó a que leyera la Biblia. “Gracias a eso, a que pude leerla, es que me hice agnóstico”, remarca Cordero.

Como quien dice que decidió ser ateo gracias a Dios.
(Sonríe y asiente: “Sí”).

Y hablando de Dios, menudo lío en el que se metieron por hacer un preámbulo que no lo invoca claramente…
A ver: hemos quedado en que el preámbulo no forma parte de los textos constitucionales.

No entiendo: ¿no forma parte, no se votará eso acaso?
No, no, no. Lo debatimos y lo aprobaremos. Pero creo que se enriquecerá la discusión cuando lo debatamos.

¿Y usted sigue siendo agnóstico?
Sí, pero eso no influye. Son temas personales, íntimos. Lo que importa es lo que hacemos. Fíjese usted: uno de mis mayores referentes, y amigos, es monseñor Alberto Luna Tobar (y yo creo que él tiene una buena opinión de mí, pese a que no soy un religioso a la usanza de lo que invoca la Iglesia). En cuanto a los temas de discusión mayor: acordamos incorporar en la forma más ecuménica posible el nombre de Dios, en homenaje a esos millones de creyentes ecuatorianos. En eso, mis convicciones personales no tienen absolutamente nada que ver. Yo no cambio.

No cambia ‘el Corcho’. Que no en la esencia, dice. Que la ideología es para toda la vida: “si algo cambia es la expresión de esa ideología”. Y para de- mostrarlo, se ve a sí mismo como aquel muchacho que en los años ‘70 se leía con avidez media biblioteca de su tío (“fue aquel tiempo en que el presidente Velasco Ibarra clausuró la Universidad de Cuenca y yo debí vivir en Quito”) y se deslumbró con el libro que más lo ha influido en la vida (¿Por qué Jesús no vuelve?, de Benjamín Carrión), solo que ahora con la experiencia que la juventud no tiene. Esa experiencia que, insiste, es la que le permite planificar todo y lograr que las cosas triunfen, que se vuelven realidad. “Una cuestión es tener ganas de hacer las cosas y otra, ganas de que triunfen de verdad. Ahí está la clave”, refuerza. Y ahí la razón de porqué se lleva tan mal con los políticos tradicionales: “yo no puedo llevarme con la partidocracia porque a los políticos tradicionales les falta verdaderas ganas de hacer. Viven llenos de excusas: que no se puede, que qué dirán, que se me acaba el tiempo, que el presupuesto no alcanza…”

En definitiva: usted lo planifica todo.
Así es: yo planifico hasta las dietas.

Rubén Montoya Vega


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