El Che es uno de los pocos hombres que ha vencido a la muerte , al tiempo que borra todo designio, al olvido que devora los recuerdos; pero no a la nostalgia. El Che es una nostalgia viva.Dueño  absoluto de una década idealista en que se coreaban a voces las letras de los Beatles, en que amor y paz eran la consigna mesiánica de los hippies, en que se afirmaba que la fiereza combativa de Vietnam era el arma más poderosa para devolver la dignidad a los pueblos, en que los estudiantes franceses desajustaban la formalidad gala con consejos atrevidos en los muros, como el ¨ hagamos el amor y no la guerra¨, y en que América Latina bullía un ambiente conspirativo en que una nueva realidad, la realidad inmaginada, tenía más vigor y presencia que la realidad real, y el nombre más evocado, el que adelgazaba las voces y dotaba de un poder reverencial a las palabras, era el nombre del Che.

Era la edad de los tiempos heroicos, la edad en que era posible descubrir ideales de cambio, de querer erigir un país libre y soberano, y no había apatía en la voz, ni desilusión , sino una enorme fuerza en las convicciones y una seguridad abrumadora en que después del diluvio alumbraría la redención.

El día en que asesinaron al Che, el tiempo se quedó inmóvil, detenido en el corazón de muchos. Los transistores, la televisón, los diarios hablaban de su muerte como se habla de una gran catástrofe. La noticia había producido una resquebrajadura en lo cotidiano, porque el tapiz de la realidad había descosido una de las personalidades más magnéticas de la época. Hay una tesis histórica que sostiene que las personalidades más destacadas estampan su sello en la historia y son una influencia causal en los torbellinos sociales. Si fuera verdad, sería el caso del Che. Porque fue consecuente hasta la muerte con sus ideas. Porque no hay una línea de su vida que muestre contradicciones y porque sus ideales estaban llenos de una pureza tal, que la detonación de sus palabras tenía mas autoridad que el fusil con el que combatía.

Hay un hilo mágico, salvando las distancias, que une a los grandes hombres que en el mundo han sido: Sócrates, Jesús, el Che. Tanto Sócrates como Jesús y el Che fueron condenados a muerte por sus ideas. Los tres era auténticos hasta la temeridad. Los tres intuyeron que para vivir para siempre debían de morir, y ninguno se inclinó para suplicar por su vida. Los tres navegaron contracorriente, criticaban la injusticia, el atropello, buscaban la verdad. Ninguno tomó provecho de su liderazgo, enriqueció o acumuló poder. Los tres predicaban en nombre de algo superior a ellos mismos que trascendía la fugacidad de una vida. Finalmente, los tres fueron delatados por aquellos quienes luchaban.

Un dato curioso- que reseña la agencia Efe- es que en el apacible pueblo de Valle Grande en donde fue ejecutado, los lugareños han convertido al Che en un santo: San Ernesto de la Higuera, y aseguran que hace milagros; por ello en octubre, bajo la mirada intensa de su retrato, se prenden velas y depositan ofrendas….¿Ingenuidad proverbial de los pueblos o intuición colectiva de la existencia de antiguos santos guerreros…?

La historia nos hace un guiño.


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