La casa
General Agosto 27th, 2007 Siempre he mirado, con atenta curiosidad, los rostros conmovidos ante estas dos palabras, o la expresión ensoñada, anhelante, contenida en la frase: `tener casa propia’, y hasta los rostros desencajados, patéticos, dolorosos de la gente cuando es desalojada de ésta.
Dos palabras con la capacidad sísmica de remover sentimientos provocan una reflexión. Porque la casa, ese amasijo de piedras y cemento, es un símbolo mayúsculo y trascendente.
En cada casa, no importa si es de caña o de hormigón, cada hombre es un monarca; cada mujer, una reina. Eje del mundo, centro espiritual en donde el más débil se siente fuerte y donde hasta el más pobre es soberano. Punto de apoyo en un mundo de incertidumbres.
La casa es el lugar en donde nos quitamos las máscaras, en donde se desnudan los sentimientos, en donde somos nosotros mismos, sin aliños ni afeites sociales.
La casa es nuestro cuerpo prolongado en donde la fachada corresponde a la presencia externa; las ventanas, a los ojos del alma; los pasillos, a nuestros estadios de transiciones; la cocina, al lugar mágico de alquimia en donde se trasmutan los sentimientos; las habitaciones son espacios rituales en donde el inconsciente y la conciencia se saludan por las noches. Afirmaba Goethe que “para conocer a la gente hay que ir a su casa”.
Cada zona de la casa es sagrada cuando en ella se han derramado los sentimientos, cuando los sacramentos del amor han oficiado su misterio, cuando el tiempo ha pintado las paredes con los gritos y las risas de los niños, cuando hay huellas de perfumes y de aromas, cuando el destino ha esculpido sus historias de amor y de muerte.
La casa es una madre, útero fecundo que nos apacigua con su ritmo cósmico, muelle en reposo en donde se recogen los barcos, refugio cálido en donde habita el amor, lugar de las intuiciones y de las corazonadas, de los sueños y revelaciones, de las oraciones y los lamentos. Hueco o madriguera al que corremos cuando el mundo nos ataca o sobrecoge, refugio seguro para los éxtasis del amor o para guardar el pudor de la muerte.
La casa contiene la música de las voces familiares, del gato que se enrosca con su sueño eterno, del fuego que crepita en la cocina, del hijo que estudia con su música. La casa es también nostalgia por los que se fueron, esperanza por los que vienen.
La casa es nuestro territorio, como los gatos la marcamos, la adornamos, le ponemos límites. Dentro de ella nos sentimos seguros, estables, protegidos.
La casa, nuestra casa, cuando estamos lejos la buscamos por caminos ocultos, la extrañamos, nos morimos de nostalgias en hoteles fríos, en ciudades extrañas, en casas ajenas, porque anhelamos echarnos en lo que sentimos parte de nuestra piel, aunque sea un jergón. Porque el auténtico reposo, los filones de paz, solo se encuentran en los aromas familiares, en los ritmos cotidianos de lo nuestro.
Y por ese hueco, caverna, útero, madriguera, hombres y mujeres se afanan, desesperan y sueñan. Porque esa zona sagrada que es la casa, no es solo un amasijo de piedras, palos y cemento, sino el santuario de revelación personal desde donde los símbolos y señales de nuestro dios interior se manifiestan.
Siempre he mirado, con atenta curiosidad, los rostros conmovidos ante estas dos palabras, o la expresión ensoñada, anhelante, contenida en la frase: `tener casa propia’, y hasta los rostros desencajados, patéticos, dolorosos de la gente cuando es desalojada de ésta.
Dos palabras con la capacidad sísmica de remover sentimientos provocan una reflexión. Porque la casa, ese amasijo de piedras y cemento, es un símbolo mayúsculo y trascendente.
En cada casa, no importa si es de caña o de hormigón, cada hombre es un monarca; cada mujer, una reina. Eje del mundo, centro espiritual en donde el más débil se siente fuerte y donde hasta el más pobre es soberano. Punto de apoyo en un mundo de incertidumbres.
La casa es el lugar en donde nos quitamos las máscaras, en donde se desnudan los sentimientos, en donde somos nosotros mismos, sin aliños ni afeites sociales.
La casa es nuestro cuerpo prolongado en donde la fachada corresponde a la presencia externa; las ventanas, a los ojos del alma; los pasillos, a nuestros estadios de transiciones; la cocina, al lugar mágico de alquimia en donde se trasmutan los sentimientos; las habitaciones son espacios rituales en donde el inconsciente y la conciencia se saludan por las noches. Afirmaba Goethe que “para conocer a la gente hay que ir a su casa”.
Cada zona de la casa es sagrada cuando en ella se han derramado los sentimientos, cuando los sacramentos del amor han oficiado su misterio, cuando el tiempo ha pintado las paredes con los gritos y las risas de los niños, cuando hay huellas de perfumes y de aromas, cuando el destino ha esculpido sus historias de amor y de muerte.
La casa es una madre, útero fecundo que nos apacigua con su ritmo cósmico, muelle en reposo en donde se recogen los barcos, refugio cálido en donde habita el amor, lugar de las intuiciones y de las corazonadas, de los sueños y revelaciones, de las oraciones y los lamentos. Hueco o madriguera al que corremos cuando el mundo nos ataca o sobrecoge, refugio seguro para los éxtasis del amor o para guardar el pudor de la muerte.
La casa contiene la música de las voces familiares, del gato que se enrosca con su sueño eterno, del fuego que crepita en la cocina, del hijo que estudia con su música. La casa es también nostalgia por los que se fueron, esperanza por los que vienen. La casa es nuestro territorio, como los gatos la marcamos, la adornamos, le ponemos límites. Dentro de ella nos sentimos seguros, estables, protegidos.La casa, nuestra casa, cuando estamos lejos la buscamos por caminos ocultos, la extrañamos, nos morimos de nostalgias en hoteles fríos, en ciudades extrañas, en casas ajenas, porque anhelamos echarnos en lo que sentimos parte de nuestra piel, aunque sea un jergón. Porque el auténtico reposo, los filones de paz, solo se encuentran en los aromas familiares, en los ritmos cotidianos de lo nuestro.
Y por ese hueco, caverna, útero, madriguera, hombres y mujeres se afanan, desesperan y sueñan. Porque esa zona sagrada que es la casa, no es solo un amasijo de piedras, palos y cemento, sino el santuario de revelación personal desde donde los símbolos y señales de nuestro dios interior se manifiestan.
Más propuestas de candidatos a la Asamblea Constituyente por Acuerdo País: Alberto Acosta Aminta Buenaño Fernando Cordero Tatiana Hidrovo Pedro de la Cruz Monica Chuji Cesar Rodriguez Rosanna Queirolo Norman Wray Tania Hermida María Paula Romo