Un incremento de la competitividad sistémica -sosteniendo a la solidaridad como principio básico de la economía- debe basarse en el mejoramiento de la productividad de amplios segmentos del aparato productivo y de las instituciones existentes. Esto significa aumentar también los niveles de empleo e ingresos, reduciendo paralelamente la excesiva concentración de la riqueza.
 
Por igual comprendemos la necesidad de robustecer el mercado interno y el aparato productivo doméstico. Este sería una especie de prerrequisito para conformar un sistema productivo competitivo y abierto a la competencia con el exterior. Aquí es necesario adoptar, entre otras acciones, medidas que propicien la transformación y dinamismo de la agricultura, modificar los patrones de consumo, mejorar la distribución del ingreso, calificar masivamente la mano de obra, emprender una reforma educativa, fomentar la absorción y generación del progreso técnico, combatir a los monopolios y oligopolios. Una economía en crecimiento genera excedentes para la acumulación productiva, siempre que se establezcan los mecanismos de distribución adecuados, teniendo como un eje básico la generación de empleo. Una sociedad comprometida potencia todas sus capacidades y encuentra respuestas con mayor fortaleza para enfrentar las adversidades, si conoce sus fortaleces y debilidades. Esto implica tener la capacidad y sagacidad para entender el momento político que se vive. Justamente cuando todavía no se dan las condiciones para todas las transformaciones revolucionarias: eso exige saber defender el proceso incluso en condiciones y con instituciones adversas. Sin que eso implique construir una ética de la justificación del poder por el poder. Hacerlo desvirtuaría el objetivo de este empeño: la producción democrática de una sociedad democrática. Construcción que no puede obviar la crítica, que fuera la herramienta básica en la época de la resistencia al neoliberalismo. Y que debe ser hoy, en tanto autocrítica, un valor indispensable en la revolución
ciudadana.

Esta estrategia de carácter revolucionario no podrá llevarse a cabo sin una reforma del Estado. La versión simplista respecto del papel del Estado gira fundamentalmente en torno a la amplitud de su intervención directa y la dirección de la política macroeconómica. Por eso impulsamos un Estado capaz de asumir la planificación, la conducción general de la economía, el control y la regulación, así como acciones estratégicas directas. Pero la dinámica del desarrollo nacional no es solo una cuestión económica sino también política, tanto como social y cultural. Lo que debe transformarse no es solamente la calidad y dimensión del Estado, sino también el sistema político en su conjunto. Requerimos instancias en donde los diversos poderes -Ejecutivo y Legislativo-interactúen en función de objetivos de Estado con una clara visión de futuro, coordinen sus actividades e incluso planifiquen las mismas. Necesitamos una función judicial que garantice la justicia para todos y todas y una verdadera Corte Constitucional que vigile la vigencia de la Constitución por encima de los intereses de los grupos mafiosos que siempre han negociado nuestra institucionalidad.

Una parte sustancial de una reforma del Estado tiene que ver con la descentralización y las autonomías. La idea es dar a los gobiernos locales y seccionales un mayor papel en el proceso de desarrollo, de movilizar capacidades y recursos de toda índole no utilizados por las trabas derivadas del centralismo, de manera de potenciar también la participación de la población y detener su emigración. En fin, se trataría de reconocer y ayudar a constituir otros actores sociales. Ello significa modernizar instituciones, cambiar las formas y contenidos de la asignación de recursos y hacer otra política económica. Pero tengamos en cuenta que la descentralización y la autonomía son parte de un proceso de emancipación y recuperación de la soberanía.

En el fondo lo que se persigue es crear oportunidades para el desarrollo integral humano de la mayoría de la población, y no una estrategia de modernización con pobreza al estilo del esquema que impone el neoliberalismo. Oportunidades que deberán cristalizarse priorizando el ser humano sobre el capital, quien deberá convivir con la Naturaleza. El Socialismo del Siglo XXI, que apenas comienza a definirse, no pasa por abrir la puerta a un neodesarrollismo, ni por aceptar respuestas autoritarias. Este nuevo socialismo será ante todo una democracia sin fin.


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